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EnsayoCultura, atención y creación

Carmen y las uvas

Consumo ya no significa consumo

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Rostro de Carmen en blanco y negro junto a un racimo de uvas moradas
Una obra puede encontrar su forma de llegar mucho después de haber sido creada.

Hace unos días hablaba con un colega que lleva buena parte de su vida en el mundo audiovisual. Ha hecho documentales, ha vivido rodajes y todavía habla de contar historias con un entusiasmo que reconozco bien porque yo también lo tuve. La conversación empezó por la técnica. Hoy una persona puede sentarse delante de un ordenador y resolver tareas que hace nada exigían varias personas, tiempo y presupuesto: editar, limpiar una voz, componer música, traducir, doblar, corregir imágenes. Yo estaba haciendo unas pruebas sonoras y hasta el Foley me lo estaba resolviendo una herramienta en local mientras yo hacía otra cosa.

No hace tanto, un sonido aparentemente insignificante podía consumir horas de trabajo. Cuando has vivido ambos lados, el cambio resulta maravilloso y un poco perturbador.

Mientras mi colega hablaba de documentales, yo pensaba en otra cosa: ¿quién consume documentales hoy?

No porque crea que el documental haya muerto, soy consumidor activo de ellos. Probablemente consumimos cantidades enormes de realidad narrada, sólo que ahora llega repartida entre YouTube, podcasts, series, creadores, investigaciones y formatos que ya ni necesitan llamarse documental.

Mi pregunta era más egoísta. Supongamos que haces un documental extraordinario de cuarenta y siete minutos sobre unos viñedos. ¿Por qué deberían importarme a mí tus uvas?

Quizá a mi colega tampoco le interesen demasiado las uvas. Lo que ama es contar historias, conocer personas, meterse durante semanas en una realidad ajena y volver con algo que antes no existía. Perfecto. Pero entre su deseo de contarlo y mi decisión de verlo hay cuarenta y siete minutos de mi vida.

Y esos minutos se están poniendo caros.

Carmen no tiene botón de adelantar

Se ha vuelto común explicar todo esto diciendo que la gente ya no tiene capacidad de atención. No me convence.

La ópera Carmen se estrenó en 1875 y todavía hay personas dispuestas a entregarle buena parte de una noche. Hay novelas de seiscientas páginas que siguen vendiéndose, podcasts de tres horas y videojuegos donde alguien deposita doscientas horas de su vida con una constancia que probablemente no tendría para leer un informe de marketing de doce páginas.

Yo he visto Dune: Part Two varias veces en Netflix. Sé perfectamente lo que ocurre. Su protagonista no va a tomar otra decisión porque sea mi cuarta visita y, sin embargo, vuelvo.

No tenemos menos tiempo; tenemos muchas más cosas reclamándolo.

Por eso un vídeo de siete minutos puede parecerme larguísimo y una película de tres horas terminar demasiado pronto. La duración, por sí sola, dice poco. El precio aparece en la relación entre lo que una cosa me pide y cuánto creo que puede darme.

De ahí la obsesión contemporánea con los primeros tres segundos. Bien, conseguiste que no deslizara el dedo. Ahora quedan los tres siguientes, después un minuto y luego los otros cuarenta y seis si resulta que estabas intentando enseñarme tus viñedos.

Capturar tiempo y merecerlo son cosas distintas. La ansiedad captura cantidades extraordinarias y nadie la citaría como una gran experiencia de usuario.

Primero dime si debería importarme

Hace poco otro amigo me envió un informe de investigación de marketing algo largo. Me interesaba y, precisamente por eso, no quería ignorarlo.

Tampoco quería leerlo entero.

Se lo entregué a un sistema y no le pedí simplemente un resumen. Le pedí que me dijera qué contenía que pudiera importarme a mí.

El cambio parece pequeño, pero no lo es. Antes tenía que entrar en un documento para descubrir si merecía mi tiempo. Ahora puedo mandar algo delante: inspecciona esto, relaciónalo con lo que sabes de mí y luego dime si vale la pena que yo aparezca.

No veo ninguna virtud moral en leer ochenta páginas cuando cinco contienen exactamente aquello que necesito.

Pew analizó en 2025 la navegación de 900 adultos estadounidenses en Google. Cuando una búsqueda mostraba un resumen generado automáticamente, los usuarios entraban en los resultados tradicionales en el 8% de las visitas; cuando no aparecía, lo hacían en el 15%. Los enlaces incluidos dentro del propio resumen recibían clic apenas en el 1% de los casos.

Durante años una parte enorme del marketing digital estuvo obsesionada con conseguir la visita, y puede que aún lo esté. Ahora alguien puede recibir suficiente valor antes de llegar al original.

Es bastante posible, por cierto, que alguien tampoco esté leyendo este artículo. Quizá un sistema lo esté recorriendo por él y dentro de unos segundos le explique las cuatro ideas que supuestamente le importan. Después de todo lo que llevo escrito, sería difícil tomármelo como una ofensa. Más bien tendría cierta elegancia que este ensayo terminara siendo víctima de su propia tesis.

La mediación, desde luego, no es nueva. Siempre estuvieron nuestros padres, los profesores, los críticos, las radios, los festivales, las librerías y aquel amigo insoportable que había visto una película maravillosa y no pensaba descansar hasta que también te cambiara la vida.

Lo que empieza a cambiar es el grado de individualización. Ya no sólo «a personas como tú les gusta esto», sino algo mucho más cercano a «esto probablemente te importe hoy por estas razones».

Y después el sistema puede aprender si acertó.

Eso puede devolvernos muchísimo tiempo. También puede cerrar poco a poco el circuito entre aquello que ya nos importa y aquello que recibe la oportunidad de importarnos. Muchas cosas decisivas llegaron sin credenciales previas: no conocíamos aquel director, no escuchábamos aquel género, no teníamos interés en aquella ciudad.

Lo que puede inferirse de quien ya soy no contiene todo aquello que podría llegar a importarme. Mi pasado siempre votó sobre mi futuro; la diferencia es que ahora puede hacer campaña electoral permanente con encuestas en tiempo real.

Hay público para todo

Ésta es otra frase que funciona mucho mejor como consuelo que como estrategia.

Mi primer cortometraje estaba construido alrededor de una historia de Scouts en la cordillera de los Andes. En Latinoamérica prácticamente pasó inadvertido. Lo envié al Gulf Film Festival en Dubái y terminó nominado como mejor cortometraje internacional.

En aquel momento me pareció paradójico y bastante confuso.

Ahora no tanto.

El corto no mejoró durante el vuelo. Era exactamente la misma obra. Lo que cambió fue el contexto capaz de recibirla, las referencias contra las que se comparaba, quién la encontró y desde qué lugar podía hacerse legible su valor.

Algo puede tener valor y no ser relevante aquí. Puede ser relevante y no ser visible. Puede ser visible y llegar el martes equivocado.

Y cuando finalmente encuentras «tu público», la competencia tampoco termina: empieza.

Porque esas personas tienen amigos, trabajo, música, libros, cenas, mensajes sin responder, Dune otra vez y una relación sorprendentemente insistente con el sueño.

No compites únicamente contra otro documental. Compites contra su vida.

He trabajado con suficientes cantantes para haber escuchado muchas veces otra frase: «Quiero hacer un disco».

Casi siempre hay varias cosas mezcladas allí. Quieren hacer música, quieren que la gente la escuche y quieren vivir de ello. Durante mucho tiempo resultaba relativamente fácil imaginar las tres dentro del mismo contenedor: haces un disco, lo publicas, encuentras audiencia y construyes una carrera alrededor.

El problema no es el disco. El problema aparece cuando el contenedor sobrevive a las condiciones que lo hicieron natural y seguimos confundiendo una forma heredada con el deseo que había detrás.

Eso está ocurriendo en muchos sitios a la vez.

El álbum, el documental de determinada duración, el programa de televisión, el periódico, el comercial de treinta segundos o el informe de ochenta páginas no son leyes de la naturaleza. Son también respuestas históricas a soportes, costes, tecnologías, horarios y modelos de negocio.

Cuando cambia el contenedor puede aparecer un desfase extraño: seguimos produciendo la forma que aprendimos a desear aunque el receptor ya esté relacionándose con ella de otra manera.

Y mientras eso ocurre, la oferta explota.

En 2025, el 88% de los tracks medidos por Luminate consiguió mil reproducciones o menos durante todo el año, mientras unas 541.000 canciones concentraron el 49,4% del streaming global.

En junio de 2026, Deezer llegó a recibir alrededor de 90.000 canciones completamente generadas por sistemas cada día en momentos de máximo volumen, más de la mitad de sus nuevas entregas. Toda esa producción representaba, sin embargo, apenas entre el 1% y el 3% de las escuchas de la plataforma.

Poder producir y conseguir importar se parecen cada vez menos.

La antigua industria podía rechazarte antes. El sello decía que no, la radio ignoraba la canción y había un señor concreto al que podías odiar con cierta comodidad.

La nueva infraestructura es bastante más amable. Te deja entrar, te pone junto a Dua Lipa, te entrega una foto, una portada, una URL y un panel impecable desde el que puedes comprobar varias veces al día que prácticamente nadie te está escuchando.

Personas escuchando ahora: 0.

Actualizar: 0.

Doce segundos después, por si ocurrió una revolución cultural: 0.

La indiferencia adquirió analytics, y con ella apareció una forma bastante sofisticada de ansiedad de validación. Ya no necesitamos esperar una mala crítica; podemos actualizar nuestra propia irrelevancia antes del desayuno.

El contenedor no es la obra

Adele hizo visible una parte curiosa de este conflicto en 2021 cuando protestó porque Spotify privilegiara la reproducción aleatoria de los álbumes. Su argumento era sencillo: si un artista había construido deliberadamente una secuencia, el orden también formaba parte de la obra. Spotify modificó el comportamiento por defecto, aunque el usuario podía seguir activando shuffle.

Parecía una discusión sobre un botón. En realidad hablaba de algo mucho mayor: qué parte del recorrido pertenece todavía al creador cuando el contenedor cambia.

Por eso hoy no le diría a alguien que quiere hacer un disco que deje de hacerlo. Le preguntaría qué está intentando construir y si el álbum sigue siendo la mejor forma para aquello.

Tal vez sí. Tal vez necesita doce canciones en ese orden exacto.

O quizá empieza con una canción, una actuación, una imagen, una conversación, una estética, una manera particular de aparecer y una obsesión que todavía no tiene nombre. El álbum puede llegar después o no llegar nunca.

No porque el álbum haya perdido dignidad, sino porque dejó de ser obligatorio como centro.

Lo mismo vale para casi todos los contenedores culturales.

Sería un sacrilegio adelantar Carmen

Google puede llevarme directamente al minuto de un vídeo donde aparece aquello que busco. Para un tutorial de tres horas es maravilloso. Si sólo quiero averiguar dónde demonios se cambia una configuración, prefiero recuperar dos horas y cincuenta minutos de mi vida.

Ahora imaginemos hacerlo durante una representación en vivo de Carmen.

Levantar la mano desde la platea y pedir que adelanten hasta la parte importante sería ridículo, casi un sacrilegio, porque la parte importante no está guardada en un minuto concreto esperando ser extraída. Parte del valor consiste precisamente en haber atravesado lo anterior.

Hay cosas cuyo valor puede extraerse y otras cuyo valor aparece mientras permanecemos dentro.

Un informe puede sobrevivir perfectamente convertido en cinco ideas.

Una ópera probablemente no.

El problema es que las mismas tecnologías empiezan a tocar ambas: resumen, fragmentan, reorganizan, traducen y deciden cuánto parece necesario recibir.

La experiencia nunca perteneció por completo al creador. Un lector siempre pudo saltarse páginas, alguien podía salir del cine y un oyente levantar la aguja. La diferencia es que ahora esa reconstrucción puede ocurrir antes de que el receptor llegue.

Y ahí empieza a desplazarse el valor.

Lo que sobrevive cuando rompen la pieza

Si una pieza puede fragmentarse antes de llegar, importa más aquello que sobrevive cuando la rompen.

Puede sobrevivir una manera de mirar, un humor, una estética, una obsesión, un criterio. Puede sobrevivir un mundo.

Cuando ya no puedes garantizar la integridad del recorrido, aumenta la importancia de la integridad del universo del que ese recorrido procede.

Universo suena enseguida a franquicia, personajes y gente adulta discutiendo mapas de reinos imaginarios. No hablo de eso.

Carmen es un universo.

Dune también.

Un músico puede construir uno antes de tener un álbum. Una empresa también puede hacerlo, aunque tenga bastante más facilidad para afirmar que posee un universo que para construirlo realmente.

Un comercial de un banco puede ser una puerta, por ejemplo. Pero si habla de libertad mientras la aplicación parece un interrogatorio fiscal, la sucursal te trata como sospechoso y cada interacción contradice la promesa, no hay universo alguno. Hay treinta segundos de escenografía.

Un informe de marketing puede terminar reducido a cinco ideas y olvidado después del almuerzo. O puede contener una manera tan buena de mirar el mercado que, después del resumen, quiera saber quién piensa así y qué más está viendo que yo todavía no veo.

En ese punto la pieza dejó de ser el destino.

Se convirtió en puerta.

Y un universo empieza precisamente cuando aquello que hiciste deja de terminar en aquello que hiciste.

Lo que no se consume

Por eso tampoco estoy seguro de que «consumo» siga describiendo bien todo esto.

Consumir una manzana significa que la manzana desaparece. Yo puedo volver a Dune y encontrar más. Una canción puede crecer después de cien escuchas. Un libro puede reaparecer diez años después y parecer escrito por otra persona porque la otra persona soy yo.

No se agotaron. Construyeron relación.

Ahí la obsesión por la retención empieza también a quedarse corta. Retener es una palabra ligeramente carcelaria. No siempre gana quien consigue que no te vayas; puede ganar quien construye algo a lo que quieras volver.

Una publicación necesita impedir la salida. Un universo puede permitírtela.

Entras, algo consigue importar, deja una huella y sales. Después ocurre lo verdaderamente interesante: estás viendo otra película, caminando por otra ciudad, escuchando otra música o eligiendo otra cosa y aquello que parecía haber terminado sigue participando en cómo percibes.

Ese es un desplazamiento de valor mucho mayor que conseguir otra reproducción, porque quien interviene suficientemente en nuestra percepción empieza también a intervenir en aquello que consideramos bello, deseable, familiar, valioso o nuestro.

Ahí aparecen identidad y pertenencia, no como una campaña que alguien decide lanzar el martes, sino como sedimento.

Volvemos a determinados músicos porque allí reconocemos algo de ellos nosotros. A ciertas películas porque queremos regresar a una manera concreta de sentir. A algunos autores porque ya no queremos simplemente saber qué dicen; queremos saber desde dónde están mirando.

La competencia deja entonces de ser sólo por atención. También se disputa algo bastante más profundo: ocupar un lugar en nuestra percepción cuando la pieza ya terminó.

Carmen y las uvas

Quizá ahí tenga sentido hablar de una economía de la finitud.

No porque hayamos perdido nuestra capacidad de atender, sino porque la cantidad de cosas capaces de reclamarnos crece mucho más rápido que la vida disponible para recibirlas.

Todos estamos participando en la misma subasta: Carmen, Dua Lipa, mi colega y sus viñedos, Netflix, una cena, este artículo, una llamada que deberíamos hacer, Dune por cuarta vez y dormir ocho horas como si uno no tuviera ambiciones.

No subastamos clics. Subastamos vida.

Y para quien crea hay una incomodidad difícil de evitar: ninguna obra tiene derecho a recibir una parte de la vida de otro.

Puedo trabajar durante meses en un documental. Un cantante puede dejar media vida dentro de doce canciones. Yo puedo pasar varios días escribiendo algo que alguien terminará conociendo mediante un resumen de cuarenta segundos.

El esfuerzo no produce una deuda en el otro.

Crear también implica aceptar que el mundo puede continuar perfectamente sin aquello que acabamos de hacer.

No existe una fórmula que garantice que algo llegue a importar. Hay calidad, distribución, contexto, oportunidad, relaciones y una cantidad incómoda de azar. Y existe algo más difícil de fabricar: suficiente mundo alrededor de una pieza como para que, cuando alguien entre, encuentre más de lo que vino buscando.

Mi colega todavía puede hacer sus cuarenta y siete minutos de viñedos.

Puede que yo empiece sin ningún interés particular por el vino. Pero si hace algo realmente bueno, quizá al terminar vea una uva de manera ligeramente distinta.

Entonces no habrá conseguido solamente que consuma un documental. Habrá construido un pequeño mundo, me habrá dejado salir y algo de ese mundo habrá salido conmigo.

Sólo espero que las uvas sean buenas.

  • Pew Research Center. Google users are less likely to click on links when an AI summary appears in the results (22 de julio de 2025).
  • Luminate. Year-End Music Report 2025.
  • Deezer Newsroom. AI-generated music exceeds 50% of daily uploads on Deezer (julio de 2026).
  • The Guardian. Spotify hides shuffle button from album pages after Adele criticism (21 de noviembre de 2021).

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